MADRIDEJOS CELEBRÓ LA FIESTA DE SAN ANTONIO DE PADUA, EL SANTO DE TODOS


Decenas de panecillos fueron repartidos al término de la Eucaristía

El ex vicario parroquial, don Josep, bendijo varios cestos de panecillos que fueron repartidos entre los feligreses 

Los fieles lacios de la localidad de Madridejos celebraban en la tarde-noche del jueves 13 de junio la festividad de San Antonio de Padua, santo a quien se le ha dedicado una novena dirigida por la Hermandad de San Antonio en la iglesia de San Francisco desde el pasado 4 de junio. 

La celebración coincidía con el cuarto día del Quinario de Adoración Nocturna de Madridejos, que mañana sábado celebra la fiesta grande de su centenario, con motivo de la cual visitará Madridejos Monseñor don Braulio Rodríguez Plaza. 

El sacerdote que presidió la Eucaristía del día de la celebración de San Antonio de Padua, y también del día de Jesucristo sumo y eterno sacerdote, fue don Josep, quien habló en su homilía de ambos temas e hizo referencia al milagro más conocido de San Antonio de Padua, aquel en el que una mula adoró al Santísimo Sacramento. 




Al término de la Eucaristía y antes de la Exposición del Santísimo, bendición y reserva, parte esta última del Quinario de Adoración Nocturna de Madridejos, se repartieron los tradicionales panecillos de los feligreses tras ser bendecidos por don Josep que estuvo acompañado en la celebración por don Alfonso. 

San Antonio y el milagro de mula que adoró la Eucaristía. 


Foto y texto: Píldoras de Fe/ Escultura en ciudad de La Plata (Argentina)

Un día San Antonio de Padua tuvo delante de sí un pecador de los más duros, y que no creía en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. 

San Antonio de Padua daba razones, exponía los argumentos, con tanta virtud y sabiduría, que el hombre acabó callándose, sin saber qué decir. Estaba abrumado pero no quería entregarse: 

"Sí, veo que tienes razón, pero quiero apenas una cosa... dejemos las palabras y vayamos a los hechos. Si podéis probar, con algún milagro, en presencia de todo el pueblo, que el Cuerpo de Cristo está realmente en la Hostia Consagrada, ¡yo abandonaré mis errores y me volveré católico!" 

"¡Acepto!", dijo San Antonio de Padua, lleno de confianza en la omnipotencia y misericordia de su divino Maestro. 

"Entonces haced lo que yo os pido... Tengo en mi casa una mula. Voy a encerrarla y dejarla sin ningún alimento. Después de tres días, llevaré esta mula delante vuestro y de todo el pueblo. Ante ella colocaré avena en cantidad, y vos presentaréis aquello que decís que es el Cuerpo de Jesucristo. Si el animal muerto de hambre, abandona la comida para ir de encuentro a ese Dios que, conforme decís, debe ser adorado por toda criatura, yo de todo corazón creeré en las enseñanzas de la Iglesia Católica". 

Pasaron los días y llegó la fecha fijada. El pueblo vino de todas partes y llenó la gran plaza en la cual iba a darse la prueba. Todos esperaban con una expectativa fácilmente imaginable. Cerca de allí, San Antonio de Padua celebraba la Santa Misa en una capilla. 

Y he aquí que surge el incrédulo, trayendo su mula y haciendo venir la ración preferida del animal. Una multitud de sus seguidores lo acompañaba seguro de su victoria. 

En el mismo momento, saliendo de la capilla, San Antonio de Padua surgió con el Santísimo Sacramento en las manos. Un silencio enorme se hizo... y la fuerte voz del Santo cortó los aires. 

"En nombre y por la virtud de tu Creador, que yo aunque indigno, traigo en mis manos, te ordeno, pobre animal, que vengas sin demora a inclinarte humildemente delante del Rey de Reyes. ¡Es necesario que esos hombres reconozcan que toda criatura debe someterse al Dios Creador, que todo sacerdote católico tiene la honra de hacer descender sobre el altar! 

Al mismo tiempo, se ofreció avena a la mula que estaba muerta de hambre… 

¡Y el prodigio se dio!: El animal sin dar ninguna atención a la avena que le ofrecían, y atendiendo a las palabras de San Antonio, se inclinó al nombre de Jesucristo, dobló las patas y se postró delante del Sacramento de la vida, en señal de adoración. 

Una jubilosa manifestación de los católicos tomó cuenta de la plaza, en cuanto los otros eran objeto de espanto y confusión. 

El dueño de la mula, manteniendo la promesa que le hiciera a San Antonio de Padua, abandonó sus errores y se tornó fiel hijo de la Santa Iglesia. 

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