DIME CÓMO ES TU CUADRILLA Y TE DIRÉ CÓMO VENDIMIAS


La estampa de las cuadrillas en vendimias es general en todo el viñedo de La Mancha. Desde el humor, el recuerdo y la nostalgia de aquellos que vendimian o han vendimiado, a continuación, presentamos los diez tipos de vendimiadores.


El fisgón
No deja escapar la ocasión para estirar la espalda, cosa que por otra parte es bueno y recomendable. El problema es cuando acude al sano ejercicio para chismear más de la cuenta. Nada pasa desapercibido a su alrededor, aún a resueltas de dejar cepas a medias o, peor aún, permitir que tu compañero de espuerta te ayude (toque de atención implícito cuando se realiza la solidaria operación tres veces en un sólo hilo…).

El charlatán
A primera hora de la mañana resulta simpático; tres horas después es una tortura para su compañero de espuerta. No deja puntada sin hilar en cualquier tema de conversación y curiosamente identifica a cualquier familiar o conocido del pueblo. Con un vendimiador tan conversador estarás bien informado de todo.

El “vendimiator”
Antítesis del fisgón y el puntual de los almuerzos, tampoco es conversador. Es competitivo por naturaleza y no soporta llevar varias cepas de retraso (ya no digamos perder hilo). Apenas su compañero se sitúa frente a la cepa, identificando los racimos entre una madeja de pámpanas, él ya tiene vendimiada su parte y se dispone al abordaje de la tuya mientras recalcula mentalmente el tiempo necesario para acabar los hilos, la viña y, si fuera menester, hasta realizar la muda a otra viña. No confundir con “el ansias o agonías”, que normalmente tiene el rol, pero en este caso es propietario de la finca.

Los “vendimiators” se cotizan al alza en las cuadrillas siendo la panacea para el caporal que los estima siempre bienvenidos.

El vendimador millenial
Amigo de los móviles y selfies entre las cepas. No entienden su vida sin compartirlo todo, incluida una jornada de vendimia. Este perfil de vendimiador suele mutar en la primera jornada, ya que su rendimiento por hilo es poco productivo y pocos sobreviven a la reprimenda del caporal después de la cuarta fotografía.

El sediento
Se comprende la sed en horario vespertino con los calores de septiembre. Sin embargo, resulta curiosa la necesidad de aquel vendimiador que acude a la garrafa de agua con más regularidad de lo habitual. Los hay con descaro y sus visitas para saciar la sed son varias en apenas dos o tres hilos vendimiados (y luego esa agua hay que expulsarla), con el consiguiente retraso para su compañero de espuerta que a veces acaba “transío”.

El “empanao”
Cumplen y siguen el ritmo. No se quejan y tampoco aburren a su compañero en largas charlas de cepa. Sin embargo, bien por el cansancio o bien porque venían así de fábrica, parecen autómatas y desconectan sus sentidos, dejándolos al borde del letargo, con un mínimo estímulo de supervivencia. Se desorientan con facilidad y nunca encuentran el corte de inicio, el mojón o la linde. Como les dejes tomar la iniciativa yendo a coger hilo, estarás también perdido caminando entre cepas ya vendimiadas o incluso peor, en la viña del vecino.

El podador
Podría ser una versión desvirtuada del “vendimiator”. En el vendimiador podador prima la velocidad y cuando no es menester entretenerse más de la cuenta con una cepa enmarañada, él corta por lo sano, arrasando con todo. Sus ‘podas’ pueden ser letales, ya que no deja títere por sarmiento cuando el tiempo apremia.

El cocinitas
Probablemente, el más entrañable de todos ellos, ya que suele ser el vendimiador que, por edad y achaques, no suele aguantar el ritmo de la cuadrilla – y más si es a destajo-. A mitad de mañana, si no antes, de manera discreta cambia las tijeras por el puchero para preparar el guiso. Su buena mano y la experiencia en vendimias le dejan salir airoso con unos caldillos (o ajos de patata), que son elogiados por los estómagos hambrientos de la cuadrilla. El problema es cuando su repertorio se repite un día tras otro durante semanas.

El pupas accidentado
Suele ser un papel aleatorio, y en ocasiones el azar de la vendimia quiere que el vendimiador pupas sea quien menos lo espera. No hay vendimia que se precie sin su visita inesperada al botiquín. Cuenta las vendimias por cicatrices producidas por corte de tijera o trinchete (pese a llevar guantes). Incluso los hay desventurados que tropiezan entre cepas. Esguinces y torceduras de tobillo también forman parte de su ritual de mala suerte.

Si fusionan en una misma persona el “pupas” y el “empanao” se ha llegado a dar el caso de alguien capaz de autocortarse en la propia mano en la que lleva las tijeras, algo de una complejidad máxima si se quisiera hacer a propósito.


Fuente: La Mancha D.O.

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