AYUDAR A LA IGLESIA EN SUS NECESIDADES

EDITORIAL

                El quinto mandamiento de la Iglesia nos dice: “Ayudar a la Iglesia en sus necesidades”. Los Decretos aprobados por las Diócesis en cuestión de estipendios, no tienen otro fin, desde antiguo, que los fieles, movidos por su sentido religioso y eclesial, con el fin de participar más activamente en las actividades de la Iglesia, han querido unir a ella su aportación personal, contribuyendo a las necesidades de la Iglesia y en concreto de sus ministros.

                Los sacerdotes suelen promover y facilitar, de acuerdo con las normas de la Iglesia, esta delicada expresión de fe y de piedad de los fieles, velando para que no quede desvirtuado su sentido, y para que nadie se vea privado de ella en razón de su pobreza.

                Los sacerdotes celebran igualmente la Misa por las intenciones de los fieles, que por razón de sus posibilidades, ofrezcan un estipendio menor o no ofrezcan estipendio.

                Resulta razonable que la Iglesia ponga un precio a sus servicios; cualquier persona pone o acuerda un precio a los servicios que ofrece en cualquier empresa. No se conoce a nadie que trabaje a gusto sin recibir nada a cambio; cosa que sí hace la Iglesia en casos de necesidad, pues no cobra precio al necesitado, y no le priva por ello de recibir sus sacramentos u otros servicios prestados por la Iglesia.  Es aquí donde se pone de manifiesto la Misericordia Cristo a través de sus ministros.

                No es razonable criticar a la Iglesia por cobrar por sus servicios; la Iglesia también necesita sostenerse, sobre todo en los tiempos que atravesamos en los que se la ha  puesto en el punto de mira, para descargar críticas y desacuerdos, y en duda la existencia de Dios.

                Menos aún, es razonable, que critique a la Iglesia quien no ha querido formar parte de ella, pues si ha decidido no pertenecer al Cuerpo Místico de la Iglesia, que es Cristo, no demandará sus servicios, por lo tanto no tiene por qué pagar por recibir ningún sacramento o cualquier otro servicio, pues, se supone, que no atravesará sus puertas; y no es porque no las tenga abiertas.

                Tener los mismos sentimientos de Cristo, quien hizo de la humildad y la pobreza su estilo de vida, es el programa de vida que debe asumir todo cristiano, según manifestó en su día el Papa, Benedicto XVI.

               «Penetrar en los sentimientos de Jesús quiere decir no considerar el poder, la riqueza, el prestigio como los valores supremos de nuestra vida, pues en el fondo no responden a la sed más profunda de nuestro espíritu».

                Cualquier cristiano debería tener presentes estos sentimientos, la Iglesia los tiene, porque los estipendios que propone a sus feligreses, no son causa de riqueza, no otorgan poder, no le dan prestigio; aún así perdona a quien pudiendo contribuir no contribuye.

                Dejemos de juzgar a la Iglesia, porque si verdaderamente queremos una Iglesia pobre y humilde, comencemos a ejercer nosotros mismos estas virtudes, ya que todos estamos llamados a ser discípulos de Cristo; pero si negamos a la Iglesia, y por lo tanto a Cristo, deberíamos privarnos de criticarla, al fin y al cabo en este caso nada nos exige, y sobre todo nos deja libres para aceptarla o no.



               



                 

               

                

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